Una hipótesis histórica sobre el nuevo significado del arte
De la sociedad de posguerra a la sociedad de la IA
Mutación de la competencia humana
Las revoluciones tecnológicas no cambian solo las herramientas. Cambian también las competencias que una sociedad considera especialmente valiosas. Con cada nueva etapa se desplaza la escasez social. Con ello cambian la creación de valor económico, los modelos culturales de referencia y la comprensión de la competencia humana.
La historia de los últimos ochenta años no se deja leer, por tanto, solo como una sucesión de innovaciones técnicas. Puede entenderse igualmente como la historia de modelos de competencia cambiantes.
La sociedad de posguerra estuvo marcada por la reconstrucción. Tras la guerra y la destrucción, la estabilidad, la fiabilidad y el desarrollo a largo plazo estaban en el centro. Ingenieros, artesanos, científicos y empresarios se convirtieron en las figuras de referencia de esa época. Ser competente era poder resolver de forma duradera problemas complejos, construir sistemas fiables y responder de su funcionamiento a largo plazo. El progreso nacía de la construcción, la precisión y la tenacidad.
De esa cultura nació, en los años setenta y ochenta, la primera generación de desarrolladores de sistemas digitales. Recogió el pensamiento de la sociedad de ingenieros y lo trasladó al ordenador. El software no era entonces un producto acabado, sino un sistema abierto. Programar suponía comprender las arquitecturas de máquina, los sistemas operativos, la gestión de la memoria, los algoritmos y las estructuras de datos. Desarrollar significaba construir. El desarrollador era el arquitecto de un sistema completo.
La escasez social de esa época era la comprensión de los sistemas. La competencia técnica era la condición decisiva de la innovación. Los nuevos productos nacían de la capacidad de desarrollar sistemas desde sus fundamentos y de hacerlos evolucionar de forma duradera.
Con la difusión de Internet y de la economía de plataforma, ese modelo de competencia cambió a fondo. Los fundamentos tecnológicos se volvieron cada vez más disponibles. Software libre, marcos de trabajo, servicios en la nube y entornos de desarrollo normalizados permitieron construir partes cada vez mayores de un sistema a partir de componentes existentes.
El papel del desarrollador se desplazó con ello. La competencia central residía cada vez menos en la construcción completa de un sistema. Se volvía más importante la capacidad de integrar con criterio tecnologías existentes, de construir ecosistemas digitales y de organizar mercados. Al mismo tiempo, capital, efectos de red, alcance y escalado ganaban considerablemente en importancia. La innovación nacía cada vez más de la interconexión, y no solo de la construcción.
Con el desarrollo de inteligencias artificiales potentes empieza hoy un nuevo tránsito histórico. Se distingue de los anteriores en algo fundamental. Por primera vez no se automatiza solo la producción técnica, sino también una parte del propio trabajo de desarrollo. Código, documentación, pruebas y propuestas de solución pueden ser cada vez más generados o preparados por la IA.
La escasez social se desplaza, pues, de nuevo. Si la realización técnica se vuelve cada vez más fácilmente disponible, pierde su carácter de recurso central. Se vuelven valiosas las facultades que no se dejan automatizar: la orientación, el criterio, la comprensión del contexto y la elaboración de preguntas nuevas.
El desarrollador de la época de la IA ocupará, por tanto, otro papel que sus predecesores. Su tarea consiste cada vez menos en producir él mismo cada solución técnica. Su competencia central es definir problemas, evaluar los sistemas de forma crítica, enlazar campos de saber distintos y elegir, entre una multitud de desarrollos posibles, aquellos que a largo plazo tendrán relevancia social.
Ese desplazamiento no cambia solo la informática. Cambia la relación entre tecnología, ciencia y arte.
El arte y la ciencia no trabajan tradicionalmente, en primer lugar, en optimizar soluciones existentes. Desarrollan nuevas perspectivas, formulan preguntas, examinan relaciones y crean nuevas nociones. Su aportación propia es producir orientación antes de que nazcan aplicaciones técnicas o económicas.
Son precisamente esas competencias las que ganan importancia bajo las condiciones de la inteligencia artificial. Cuanto más potentes se vuelven los sistemas técnicos, más importante se vuelve la capacidad de situar con criterio sus posibilidades, de evaluar sus consecuencias y de desarrollar nuevas direcciones.
La función histórica del arte y de la ciencia cambia con ello. Ambos ámbitos dejan de ser solo lugares de producción cultural o de conocimiento científico. Se convierten cada vez más en espacios de orientación para la sociedad, donde nacen nuevos modelos de pensamiento, nuevas medidas de evaluación y nuevas imágenes del futuro.
La historia de la digitalización se deja así entender como la sucesión de tres desplazamientos de competencia. La primera época estuvo marcada por la construcción. La segunda por la integración y el escalado. La tercera dirige la mirada a la orientación, al criterio y a la configuración consciente del sentido.
La verdadera revolución de la inteligencia artificial no consiste, pues, quizá en la automatización del trabajo humano. Consiste en una reevaluación histórica de lo que vale como competencia propiamente humana. La competencia rectora de la sociedad venidera podría no ser ya la producción de soluciones técnicas, sino la capacidad de dar una dirección, científica, cultural y socialmente.
Cómo citar
Post, Tobias (2026): De la sociedad de posguerra a la sociedad de la IA. Mutación de la competencia humana. https://cube4arts.de/es/documentos/von-der-nachkriegsgesellschaft-zur-ki-gesellschaft
Autor
Tobias Post
Pintura · Arte lumínico digital · Escultura · Proyectos curatoriales
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